Manuel Araneda, o la respiración y el proyecto de vida

 

La criatura humana es porque aparece. Así aparece el que arrastra el lujo, o el que enrostra su pan por los cuatro costados hombro César Vallejo que ha habido... y entonces la alegría se hace temible como en todos los desdichados que hubo De Rokha. Manuel Araneda va desde el instrumento en mano, todo faber el ojo, todo continuidad la vida, porque ama. Y es Chile con su locura de los enloquecidos, los zaheridos, los vejados desnudos, expuestos el hueso famoso, violentada la carne anónima. Nos preguntamos, entonces, dónde está el pan, dónde la temibilidad de la existencia y a dónde es que fue a dar la criatura que era humana un día y que ahora resta al animal, la biología, al sincero canto que trinaba de espesura.

 

El “Proyecto País” se deshace en el atleta del hambre, en el Cristo de esquina, en la ofensa de barrio, en la Capital del Mundo: ahí va el desnudo estricto, ofensivo, ofendido, con la locura que lo azota, con lo marginal geométrico de la metrópolis Santiago. Véanlo al que fue niño, al que fue artista y que le costó tanto llegar hasta acá, aquí donde ya no nos conocemos... Preguntamos qué haremos, qué hacemos, que hemos hecho con la vieja teoría de los Adanes, de los Caínes; Manuel Araneda nos muestra, nos hace aparecer en cada palacio íntimo que tenemos, ante cada tropa romana que va con nosotros, a los profetas del escándalo: Juan ensucia nuestro piso con su empedrado y barro. Y algo vendrá en el horizonte...

 

Es la compasión, es la ternura.

 

Es la compasión, es la ternura; son y quedan temblando en nuestros ojos, un poco más adentro, al nivel de las tropas romanas que nos dominan, a la altura de la sinapsis palacios que hemos construido. Tanto andar por el mundo para no haberlo amado nunca.

 

Manuel Araneda ama el vuelo fugaz: por la eternidad, creemos. Ama la belleza de la mujer: por lo cristalino, suponemos. Abraza el conjunto de lo micro: por la consistencia, sospechamos. Anda de dios en dios: suponemos, sospechamos multiplicidad de Dios. Es claro que no sabemos.

 

Manuel Araneda es joven. Pero ha recorrido: capaz que se le quede una arruga por aquí, una sonrisa por allá, mundos con niños allá a lo lejos, países que siempre estuvieron en todas partes y que él siempre habitó: ciudadano por derecho propio. Con andar discreto pero firme: no un policía, un compañero de todo... del ex pan, del ex niño, del ex ángel de las cosas, hasta de las máquinas que un día cualquiera se volvieron basura. Ahora, cuando nadie las ama y todos las odian, Araneda les ofrece el último paraíso. Es duro esto, se entiende.

 

Tiene muchas edades y tendrá muchas otras, como el mar. Debe ser amigo del mar, alguien que compartió todo lo que tenía dentro, la sal de la ola, la vida en la espuma, la grandeza que aguarda. Es que tiene un proyecto que es vivir: el simple verbo que no es verbo, que es un acto, un chispazo de realidad, un fragmento de color, un oxígeno que entró justo a tiempo en los pulmones y entonces, justo a tiempo, existimos.

 

De la mano, del instrumento, del ojo al soplo: vivimos. Es duro esto. Es bello esto.

 

                                                                                                Edgardo Anzieta

                                                                                                30 diciembre 2015.

 

 

 

 

 

 

"This is a very emotional and ethically charged series. A strength to the overall series is the brutal honesty of the pictures, This confrontational approach grabs viewer’s attention and makes it unconformable to look at. In order to inspire social change, this is one approach that can be used." 

"Se trata de una serie muy emocional y cargada de ética. Una de sus ventajas es la honestidad brutal de las imágenes. Este enfoque de confrontación llama la atención del espectador y hace que sea inquietante de mirar. Con el fin de inspirar un cambio social, este es uno de los enfoques que puede utilizarse ".

LENS CULTURE MAGAZINE, about "POOROLOGY OF THE DESPERATE BEAN" / SOBRE "LA ROTOLOGIA DEL POROTO" 

LA DESAPARICIÓN DEL FOTOGRAFO

5 de marzo 2017, NYC

 

-¿Cuál es su visión de la fotografía? 

 

Desde mi adolescencia escribo poemas y por estos días estoy dedicado de lleno a la fotografía. Eso sí, yo nunca he dejado de pensar el arte en clave poética. Quiero que las fotos suenen, huelan, transmitan la frecuencia del instante captada por la cámara. La realidad emite ondas que son recibidas por el fotógrafo como si se tratara de una antena: el ojo enfoca el canal, se preocupa de su nitidez o desenfoque, y luego sintoniza con el momento apretando el gatillo. Digo bien: sintoniza. Y no se me entienda como la idea de Darío sobre los poetas, acá no hablo de pararrayos ni dioses. No hay omnipotencia ni narcisismo en esto, más bien lo contrario: es el arte de desparecer, de ser nadie y nada. Escuchar, ver, oler, disolverse. Es ser parte de la totalidad de un fragmento de la realidad irrepetible. La fotografía es otro arte de desaparecer en el Ahora.

 

¿Y qué queda de esa unión? Colores, dimensiones, perspectivas, y algo más allá de las formas que ES antes, durante y después del cuadro. Ahí se sintonizan y sintetizan aires de épocas y clases, estéticas, símbolos, la historia con mayúscula y minúscula. La foto narra, relata, dice sin palabras. Como una melodía cuenta historias sin contarlas. Es transmisión de experiencia más que mero retrato de algo externo a uno, es decir que las barreras del afuera y el adentro se difuminan ¿Se entiende? Hay una esencia, un tópico, una energía de algo que queda reverberando en la imagen como los ecos de una campana tañida por el viento. 

 

Como la danza este oficio se constituye de la materialidad del tiempo en su conjunción con el espacio: diálogo de quietud y movimiento. La fotografía trabaja con las dimensiones y perspectivas, se nutre de la multidimensionalidad, de la misma manera que la consciencia no está apegada a ninguna perspectiva en particular y es todas las perspectivas al mismo tiempo. A veces las imágenes son pasadizos, hoyos negros,  portales. Una foto de un niño raquítico en África trae de inmediato dada nuestra naturaleza empática la energía de la compasión o el dolor, y en el peor de los casos indolencia. Y a partir del campo energético de esa emoción fluye una serie de información que se activa en nuestro inconsciente y sale a flote. Se abren memorias, críticas, fantasías. Nuestro campo interpretativo se manifiesta con sus tendencias. Se encienden redes neuronales y redes asociativas. Y entonces nos damos cuenta que la fotografía, en su intimidad, es un arte de la imaginación. Es pura imaginación: la imaginería mental de la imagen de una foto que es, a su vez, el extracto temporal de algo que es la realidad que no es imaginable ni reducible a imagen. Nuestro cerebro está adaptado a fluir con ciertas energías dados nuestros condicionamientos psicológicos y bloqueos corporales. Esta red neuronal se activa e imagina la foto proyectada en la pantalla del yo. Y cuando la foto es realmente buena toca en el espectador un espacio más allá del yo individual. Ese espacio sagrado es el que me interesa.

 

En mi caso particular siento que la fotografía tiene un componente contemplativo importante, es un arte muy cercano a la meditación. La meditación es ver lo obvio en el sentido de no engancharse en proyecciones y distorsiones mentales y ver la vida tal cual es. Está la famosa frase de Jesús “El que tiene ojos que vea”. En India está esta bella metáfora de que la iluminación está en la punta de tu nariz, la ves todo el tiempo, es lo primero que ves pero no tienes consciencia de ello. En ese sentido, la meditación es una invitación a despertar y Ver, es un camino que no es un camino para la revelación del Ser que en realidad no está velado. Para decirlo de alguna manera, la meditación se muestra cuando el meditador desaparece, así como el amor se da cuando el amante y el amado se funden, o mejor dicho se dan cuenta que nunca estuvieron separados. El amor o la meditación es el colapso de la dualidad y la revelación de que siempre hubo unidad y que esa unidad no tiene nada que ver con lo que la personalidad quiere imponer como real. Siempre hay Ser, en todo momento. O para decirlo más certero: no hay varios momentos, hay solo un Ahora eterno, atemporal, que es nuestra esencia compartida con todo cuanto existe: somos el Ahora, somos el Ser que anima este juego de las formas. Sólo al abrir el corazón a esta verdad, sólo al acceder a esta experiencia de vulnerabilidad e intimidad con cualquier objeto que emerja en la consciencia, es que podemos vivenciar los tejidos más profundos de la realidad.

 

Una vez le preguntaron a Cartier Bresson si sabía en el momento mismo que sacaba la foto si iba a ser una buena imagen. Su respuesta rápidamente fue sí, lo sé de inmediato. Yo podría decir lo mismo porque me ocurre un fenómeno muy parecido a la meditación: me desvanezco. Dejo de estar ahí como entidad separada, me fundo. Esa misma experiencia es una prueba de que la alquimia ocurrió: nació una imagen. Lo mismo que la poesía: la experiencia poética es un factor detonante y decisivo en la escritura. Es un destello, un relámpago de visión, de unidad con el instante. Leyéndolo de una manera más amplia, esa es la raíz de la idea de Poiesis de los griegos. Del Ser vienen las formas y al retornan.  El aparecer de la forma es Poesis. Para los hindúes es Brahma, el creador. Luego viene Vishnu y Shiva, el uno sostiene y el otro destruye. En fin, te podría decir que la misma experiencia poética ocurre también al momento de trabajar como psicoterapeuta con mis pacientes. La intuición opera al máximo y la entrega y honestidad del vínculo dan pie a que ocurra la rendición del ego que transmuta el dolor en presencia. En definitiva, yo creo que es un fenómeno común en cualquier actividad que se realice con amor y consciencia, es decir que se convierta en un arte, que siempre es revelación de la belleza sin opuestos. Lo viven los arquitectos, los cocineros, los taxistas,  las tejedoras, los deportistas, los médicos, etc. Es una cualidad intrínseca de quién no está bajo el yugo del trabajo alienado y se permite una apertura a la vida.  

 

En muchas de sus fotos se ven retratos de personas marginadas, alejadas del bienestar burgués o el orden social. La “Rotología del poroto” es un claro ejemplo de eso. ¿Cómo ve la relación entre fotografía y política?


La fotografía puede y quizás debería a influir en la política,  en crear conciencia e inspirar soluciones para crear una sociedad mejor, más inclusiva, más humana, más  dialogante, más compasiva. Cualquier arte nos abre el corazón a las verdades simples y profundas de la vida.  Pero también en su profundidad nos muestra un espacio sagrado atemporal que va más allá de las acciones políticas, sin negarlas sino incluyéndolas y trascendiéndolas enormemente. Se necesita construir una sociedad mejor, pero no debemos olvidar la abundancia que ya existe por el hecho milagroso y misterioso de existir. No hay nada que buscar,  el instante sin pasado ni futuro, sin mente,  sin ideología, es completo.  Es la belleza que trasciende la dualidad rico-pobre, justo-injusto, izquierda-derecha… Es el anonadamiento por el instante,  la celebración del ahora que, repito, no excluye la acción política sino que la incita, pero que, independiente de sus consecuencias ideológicas, se regocija en sí mismo incluso en situaciones de dolor.  La belleza no está, por supuesto, en las situaciones denigrantes que viven muchos de los fotografiados,  sino en su propia vida, en su ser,  su resistencia y persistencia de respirar y latir. 

 

Por eso en mi trabajo hay retratos de personas marginadas. Primero, porque la fotografía literalmente los visibiliza en un país que no quiere verlos. Eso lo digo pensando en la “Rotologia del poroto” y la vida sociopolítica de Chile. Ahí la imagen cumple su función de rescate y el ojo ve el punto ciego de la sociedad. Es fotografía de denuncia y de vuelta a la humanización mediante la empatía, el contacto, el encuentro con el otro. Y por lo mismo, lo que ahí se visibiliza es la vida misma, es hacer visible la enorme dignidad del ser humano. Los ves y te das cuenta de toda la belleza, aunque a veces sea una belleza dolorosa pero belleza en fin, que hay en ellos, que son la sal de la vida. Ese reconocimiento de la belleza es política, no en el sentido penoso en el que estamos acostumbrados. El ego no puede celebrar, por eso crea fronteras y senadores y presidentes y murallas. Pero el arte ocurre en ausencia de ego y ahí la política común y corriente no tiene el más mínimo acceso. Un político está interesado en el poder, es preso del poder y el control. En cambio la celebración de la vida nos obliga a renunciar a lo falso y reconocer la verdad. Ya lo dijo Keats : verdad es belleza y belleza es verdad. Solo en ausencia de ego ocurre la belleza, solo resonando con la verdad se revela la inmensa belleza de todo esto. La política del artista en tanto artista, antes que todo, es vibrar y obrar en verdad y belleza. 

 

 

                                                                                           

 

 

 

 

 

 

Manuel Araneda, o la lucha por la belleza feliz

 

 

La fotografía posee extraña seducción de lo vital y/o lo enajenado: como si en el blanco papel (virtual o no) se agregara una tormenta de nieve o ceniza que es, indudable, el tiempo o la inmortalidad. Los temas varían y han variado mucho – demasiado – en su imperial ser: pero no hay caso, el reflejo de la inmanencia y la trascendencia nos obliga a mirar. Manuel Araneda tiene el ojo del poeta, casi la clásica visión del poeta: verdad es belleza, belleza es verdad, en terrible ecuación que aplasta nuestra conciencia: ¿es esto la realidad? o aún más profundo, ¿existe la realidad?

 

Porque este poeta captura gigantes que son derrotas, derrotas que son miserias, miserias que son humanas. Y también por allí pedazos de instantes frágiles, bellos, esplendentes. ¿En qué parte de la ecuación nos quedamos nosotros? Y en qué parte de la ecuación estamos al ver, al existir...

 

Es un poeta, no un matemático; no escapa al dilema, ni intenta escapar del dilema. Es un artista responsable con su condición, alguien que labora y cumple con la faena: los restos del trabajo (in)humano, instantáneos en su disfraz eterno, vuelven a darnos pistas sobre la condición de la especie y sobre las condiciones de la realidad. Los impactados somos nosotros: el arte se hace cargo de la belleza, inevitable, a partir de la consistencia. Descubrimos que hay una relación en ese problema seductor; que esa relación no es evitable, porque se encarna en la deriva humana. Arte y trabajo son fraternos que disputan y en esa disputa se acercan, se rozan, se repelen, colisionan y hasta se injurian: clásica es la mirada sobre la utilidad o la inutilidad del arte, que pregunta el burgués, pero también el trabajo, aunque por distintas razones. Clásico, también, los sentimientos de culpabilidad de los artistas, con sus distintas razones.

 

Despejar la incógnita es hacerse cargo de una promesa: que el trabajo y el arte algún día estarán unidos, trenzados en destino, y que este sea la felicidad. De ahí la dureza del resultado artístico, o su evanescencia, cuando corresponde, su certeza o su incertidumbre... todas las formas del vínculo humano. Araneda está ocupado en ese vínculo y los exhibe para nuestro placer y nuestra incomodidad, ampliando la categoría de lo bello. Es un artista. Mas nos desliza – todo es tan veloz en este mundo-imagen – la preocupación por lo terrible, lo increíble en medio de la hermosura que siempre resultará deber del artista genuino. Por eso el contraste. No creemos en la condescendencia: si bien el arte puede ser o representar elementos de espectáculo, algo hay aquí que nos obliga a pensar(nos). Por demás, aún en lo gratuito de lo gratuito, el arte siempre ha sido respuesta.

 

Manuel Araneda, el artista, ha cumplido con su deber: vivir debiera ser una alegría, por supuesto, pero los gigantes caídos, los demonios exbellos, las ternuras sin salida nos hablan del rango de las estructuras en que vivimos o chapoteamos. La contradicción es el deber del artista y es respuesta a la condescendencia. Que ello resulte ¿impactante?, ¿abismante?, no es su asunto: es el que VE y nosotros vemos que ve. Quizá nuestro asunto sea ver también, para que el placer no nos envuelva y encubra la verdad: abrir por fin la condición de la verdadera belleza feliz.

 

Edgardo Anzieta, febrero 2017

 

 

 

 

 

 

Manuel Araneda OR THE STRUGGLE FOR BEATIFUL HAPPINESS

 

Photography possesses a strange seduction of the vital and/or alienated: as if in the White paper (virtual or not) a snow or ash storm was added, which is, undoubtedly, time or immortality. Themes vary and have varied a lot – too much – in their imperial being: but to no avail, the reflection of the immanence and transcendence forces us to look. Manuel Araneda has the eye of a poet, almost the classical vision of a poet: truth is beauty, beauty is truth, in a terrible equation which crushes our consciousness: is this reality? Or even more profound: does reality exist?

 

Because this poet captures giants who are defeats, defeats which are misery’s, misery’s which are human. And through those, also pieces of fragile instants, beautiful, bright. In which part of the equation do we belong? And in which part of the equation are we when we see, when we exist…

 

He’s a poet, not a mathematician; he doesn’t escape dilemma, nor tries to escape from it. He’s an artist responsible towards his condition, someone who labors and gets the job done: The remains of the (in)human work, instantaneous in their eternal costume, come back to give us clues about the condition of the species and about the conditions of reality. We are the ones impacted: art is in charge of the beauty, inevitable, that begins with consistence. We discover that there is a relationship in that seductive problem; that that relationship is not avoidable, because it incarnates in human drift. Art and work are brothers who dispute and in that dispute they get close, barely touch, repel each other, collide and even insult: classic is the opinion about the usefulness or uselessness of art, which asks of the bourgeois, but also of work, though for different reasons. Classic, too, are the feelings of guilt on artists, with their different reasons.

 

To solve the equation is to become responsible of a promise: that work and art one day will be united, enmeshed in destiny, and this destiny will be happiness. From there comes the harshness of the artistic result, or its evanescence, when it corresponds, its certainty or uncertainty… all the forms of human relationships. Araneda is occupied in those relationships and he exhibits them for our pleasure and discomfort, widening the category of what’s beautiful. He is an artist. But he slips to us – everything is so fast in this image-world – the worrying about the terrible, the incredible in the midst of the beauty that will always be the duty of the genuine artist. That’s the reason of the contrast. We do not believe in complacence: though art can be, or represent, elements of spectacle, there is something here that forces us to think (about ourselves). Given that, even in the most gratuitous of the gratuitous, art has always been an answer.

 

Manuel Araneda, the artist, has done his duty: life should be happiness, of course, but the fallen giants, the exbeautiful daemons, the tenderness’ without exits, talk to us about the range of the structures in which we live or slop about. Contradiction is the duty of the artist and it is a response to complacence. That it then turns... impactful? abysmal? It’s of no importance: it’s the one who SEES and that we see he sees. Maybe our business is to see too, so the pleasure wraps us up and covers the truth: to open, at last, the condition of true beautiful happiness.

 

Edgardo Anzieta, February 2017